lunes, 9 de junio de 2014

5.

Con los ojos cerrados, podía acariciar el viento con los párpados. Apreciar con mayor intensidad el aroma de las flores. Escuchar el sonido de los vehículos y timbres de bicicletas  y sobretodo, la risa de Elena, sentada justo en frente mío.
Despúes de comer tal como había dicho Sophie, nos encontrábamos charlando amigablemente en la terraza de la pequeña sandwichería. Quería detener el tiempo y que todo eso quedara plasamado en una imagen más eterna todavía que una fotografía. Quería que ese primaveral día quedase enmarcado en mi memoria como el día interminable y como el día de su sonrisa. La sonrisa de esa peridoista, ambiciosa e inteligente, que poco a poco se estaba ganando mi corazón, hasta ese momento impenetrable y frío como el hielo. Me encantaba verla sonreir, comer, hablar, ver como se le iluminaban los ojos y como ponía pasión en cada cosa que argumentaba, sus ganas de aprender, de entender, de demostrar que llevababa razón, me apasionaba hasta a mí. Y solo tanía ganas de abrazarla y decirla que era la chispa y la luz que habían conseguido sacarme de casa después de una cena y un día juntos.
Sophie me hizo abrir los ojos. Tirando de mi chaqueta.
-- !Eh, Lan! ¿Estás ahí?
--Si, Sophie, que quieres--respondí un poco molesto por haberme sacado de mi bonito pensamiento.
--Elena quería preguntarte una cosa--su sonrisa picarona asoma por su redonda carita. Me lo puedo imaginar.
--Eh, Lan me preguntaba si te gustaría aparecer en mis páginas, en una entrevista, sería my interesante y a los lectores les encantaría sab...--
Me desplomo de un golpe en la silla. Bueno, más bien, mi mente se desploma, mis ojos perdidos en la nada, piensan que quizás tal vez, haya sido una mala idea. Volver a lo medios sería demasiada presión que soportar. También me siento mal, Elena tenía buenas espectativas respecto a mi, y seguro que ya lo tenía todo planeado para la entrevista, o yo había sido un tonto y solo me quería conocer para ganar trabajo, o ella quiere entrevistarme en serio. El corazón me oprimía el pecho al pensar otra vez en la luz de los focos, en las cámaras y los micrófonos a mi al rededeor, sin dejarme respirar...
--¿Te parece bien?¿ Yo creo que sería un bombazo...--estaba realmente entusiasmada...
--No, no lo se... tengo que pensarmelo un rato...--me levanté de la silla y marché hacia la carretera, con todas las expectativas de aquel día maravilloso por los suelos. Miré mi reloj. Las siete y cuarto. Pronto empezaría mi reality. Y ese día no me le iba a perder.
En el taxi, de camino a casa, no paraba de aparecer en mi cabeza, la cara de felicidad de Elena al querer hacer la entrevista, con ese espacio, podría hacer que su carrera saltara por las nubes.
Y mi culpabilidad fue completa cuando estaba tumbado ya en el sofá, con la bata puesta, y los ganchitos triturándose en mi boca. El presentador estaba anunciando una marca dentífrica cuando descolgé el teléfono para llamar a Sophie y pedrila hablar con Elena acerca de las condiciones de la entrevista. Ella pegó un grito y se la veía entusiasmada, pero yo solo ponía una pega, una serie de condiciones. No me rebatió ni una palabra.
La voz de Elena sonaba dulce y clara al teléfono. Hablamos un poco y ahora se la escuchaba igual de ilusionada aunque un poco merdmado su entusiasmo. Llegamos a un acuerdo y dijimos que lo hablaríamos en persona, el miércoles, en mi casa. Ya me estaba poniendo nervioso y quedaban tres días. Nos despedimos y pulsé la tecla de "colgar" con las manos temblando. No se si eso había sido una buena idea. Lo único que me tranquilizaba un poco era que yo había puesto mis propias condiciones y de la publicación ya hablaríamos, le había dicho.
Cuando el rality acabó yo no podía dormir, lo de hablar de mi vida personal y mi carrera delante de una mujer hecha y derecha nunca había sido mi fuerte, y menos si esa mujer te hacía sudar y ponerte nervioso más de lo habitual. Tendría que aprender a lidiar con eso y a armearme de valor después de tanto tiempo, ya era hora de que Lan, el Nuevo Lan, saliera a la luz. Y dormí con ganas, con sueño y con miles de esperanzas y sueños puestos en el futuro.

sábado, 7 de junio de 2014

4.

La melodía de "When a Man Loves a Woman" Comenzó a sonar en mi móvil. Me sobresaltó, pero yo ya sabía quién era. Esbocé una sonrisa y me sequé las manos con una toalla, carraspeé y le di a la tecla de "descolgar". La voz chillona y y aguda de Sophie me estuvo comentando que ella y Elena habían quedado en una cafetería el centro, que si quería ir porque a Elena le había resultado agradable. Yo, la verdad, me lo pensé dos veces porque hacía mucho tiempo que no entraba en un sitio público por placer. Al final, dije un si dudoso ya que, aunque por mucho que quisiera ver a Elena aún quedaban signos de aquel pasado que intentaba olvidar.
Me despidí de Sophie que, con mucho cariño, me espetó que no la cagara en mi primera cita de verdad.
Cuando empezó a comunicar me reí a carcajada limpia, no podía evitar sentirme coibido ya que Sophie tenía parte de razón y aunque no lo quería aceptar era cierto, era la primera cita de verdedad que había tenido nunca como persona adulta. La risa desapareció para dejar entrar a los nervios. Aunque también era divertido, no dejaba de intimidarme la sensación de incomodidad que me porducía enccontrarme frente a la chica más hermosa e intelectual que había conocido. Todo iba a resultar realmente extraño.
Practiqué frente al espejo varias frases de cortejo que, visto de cualquier ángulo habría resultado realmente ridículo. - "Venga ya, Lan. Eres un escritor mundialmente conocido, saca tu carisma y encanto a relucir de una ved, maldita sea"-
Iba a ser la hora de queda y yo estaba terminando de colocarme la corbata con manos temblorosas. ¿Que pensaría ella de mi? Solo nos habíamos visto una vez. ¿ Y si  en realidad no le resultaba interesante para nada? No se había leído mi libro... ¿Eso signifcaba que le parecía aburrido y arrogante?
 -"Lan, piensa en positivo. Eres una actractivo escritor según los medios, creetelo de una vez"-
Suspiré, me estiré bien la camisa y salí con decisión hacia la cafetería del centro que me había indicado Sophie. Bajé de mi edificio, saludé al portero y busqué un taxi libre. Mientras tanto, miré el reloj. Las diez menos cuarto. Habíamos quedado a menos cinquenta y tres. Sonreí. A Sophie le encantaba quedar a horas desiguales y cuando hacíamos etrevistas sacaba de quicio a los medios. Eso era una de las cosas que más me gustaba de las entrevistas. Y de Sophie.
Quedaban cinco minutos para la hora punta y el taxi estaba a diez. Sophie me había comentado alguna vez que llegar con un ligero retraso era consecuencia de gente ordenada y carismática que cuida mucho sus modales. Después de que dijera eso, los dos nos reímos a carcajada limpia. Después se puso seria y me amenazó: " Lan , como llegues tarde a alguna conferencia y o entrevista acabas muerto y prometo hacerlo con mis propias manos"
Asique le pedí al txista que acelerara.
Me sudaban las manos y mi rodilla, ligeramente nerviosa no paraba de subir y bajar.
Porfin, el taxi paró, y me dejó a las puertas de una cafetería veneciana del siglo dieciocho. Sus puertas de madera de roble y los escaparates, a ambos lados de la puerta, dejaban ver a través de sus cristales relucientes, delicosas magdalenas y múltiples pasteles, recubiertos por todos los tipos de chocolates. Nada más empujar una de las puertas, después de que la campanita que colgaba de una de ellas sonara, el aroma a café inundó mis pulmones y el calor de la estancia me arropó como si estviera en mi casa, no la de ahora, si no la de antes.
Del amplio  y alto techo, colgaban varias lámparas de araña, recubiertas de luminosas bombillas que parecian tintinear al son del jazz tranquilo que sonaba desde los altavoces ocultos. En el local había gente pero no demasiada, el rudio suficiente para que solo se escucharan los cubiertos al rebotar sobre las vajillas de varios colores oscuros.
Mi mirada recorrió mesa por mesa la estancia, hasta dar con los ojos claros de Sophie. Una media melena caoba me daba la esplada. Elena. El corazón se me aceleraba a medida que me dirigía a la mesa.   Saludé con una sonrisa nerviosa a Sophie y dos besos nerviosos a Elena.
Su americana nefra resaltaba sobre su básica blanca bien combinada con unos vaqueros DKNY, que hacían resaltar cada una de sus curvas. Si no fuera porque sabía que es periodista, no sería dificil confundirla con una top model del momento.
La mañana se pasó rápido, con mi capuccino a medio terminar y una sonrisa bellísima de Elena, salimos del local para pasear tranquilamente por las ajetreadas calles de la Gran Manzana. Sophie no paraba de contestar al teléfono, asi que Elena y yo no tuvimos más remedio que comenzar una torpe conversación que ganó forma a medida que cruzábamos pasos de cebra.
Las risas de ella eran como música de piano para mis oídos e intentaba continuamente que lo que yo hablara le pareciese interesante. Me hizo varias preguntas acerca de mi vida personal y no dejaba de responderla que era aburrida y simplona. Y ella me aseguraba que con la cantidad descomunal de dinero adquirido a lo largo de mis buenos tiempos algo tendría que haber hecho, y lo triste es, que no había hecho nada más que ocultarme en mi salón, con ganchitos y realitis shows sobre modelos. Me encogía de hombros y la preguntaba yo a ella. Me quedé impresionado sobre la cantidad de esfuerzo que había realizado hasta conseguir llegar a trabajar como periodista en el New York Times. ME sentía realmente estúpido por que ella lo había conseguido a base de trabajo duro y esfuerzo, mientras wue lo mío había llegado de la nada. Y, me habría gustado haber podido hacer algo como ella. Haberlo conseguido con esfuerzo, no como algo livano, que tal como llega se va. Una de las cosas sobre mi desaparición repentina. Ella me consolaba diciendo que si mi libro habría triunfado tanto, no era solo por un mero golpe de suerte si no, algo más, algo que tenía dentro.
Me encantaba su forma de pensar, siempre tan realista, sin fantasear, simplemente, alcanzando lo que tenía a su alcance, con muchos planes, con ganas. Todo lo contrario a mi.
El paseo, acabó en Central Park, donde Sophie decidió dejar de contestar al telefóno y hacernos caso, aunque tampoco es que necesitasemos ya su respaldo. Ella propuso y más que eso, decidió que todos teníamos habre y fuimos a una sandwichería a comer algo.
El sol brillaba, la brisa corría, nadie me acosaba, estaba con ellas y me sentí libre por una vez en mucho tiempo.

domingo, 20 de abril de 2014

3.

Cuando la luz entraba por mi ventana por primera vez en mucho tiempo,me sentía un hombre nuevo, un hombre renovado. Los rayos cálidos y cercanos me acariciaban la piel como si de mános cercanas se tratara.
Una sonrisa inborrable asomaba por mi rostro incromprensiblemente, no entendía porque no podía apagarla, si quiera un poco; parecía permanente. Todo era muy extraño, y a la vez, esa parte de mi me gustaba. Este nuvo yo, solo quería llamar a Sophie para agradecerle la cena de ayer. Aunque habíamos bebido bastante, yo estaba como una auténtica rosa. No tenía signos de resaca palpables, ni ojeras o bolsas que revelaran los burbons que había tomado. Todo parecía perfecto, hasta Greta se había encargado  de recoger todos los restos. En ese momento, llamé a Sophie para agradecerle enormemente los pasados acontecimientos, pero no la comenté que mi alegría se debía Elena. Auqneu debería haberlo comentado porque quería verla tra vez. No se si en realidad me estaba obsesionando o si simplemente me había encantado su compañía. Yo sabía que era la primera, pero no lo quería afirmar tan rápido.
Hablamos duarente una hora, a ella si se la notaba la resaca, al contrario que a mi. No pude evitar mofarme un poco de ella, aunque con todo el cariño del mundo, ella me espetó que este nuevo yo que acababa de aparacer le estaba emepezando a tocar mucho las narices y, lugo me dijo que se alegraba de que porfin, me sentara agusto con otras personas después de la mala racha que había pasado. Luego yo le pregunté que si podíamos quedar otro día ella, Elena y yo. Aceptó y dijo que la llamaría. Yo no podía entrar más en júbilo. Iba a verla otra vez y eso me hacía la persona más feliz del mundo. Nos despedimos alegremente. Dejé el teléfono en una mesa del salón y mirè por la ventana. Donde media hora antes hacía sol, ahora estaba  gris y lluvioso, pero a mi no me importaba, porque en cada gota de agua veía reflejado el bello rostro de Elena. Me daba exactamente igual que fuera periodista, eso era lo de menos. Aunque no quisiera reconocer que me estaba enamorando de ella, eso era lo que estaba pasando, aunque solo la conociera de una noche llena de alcohol, me había conquistado con sus palabras y sus dulces y penetrantes ojos caramelo.
Pasé el resto de la mañana metido en la bañera de mi habitación, con el vinilo en marcha,una botella de gran reserva abierta y un libro que estaba retomando después de muchos meses. 
La tranquilidad que se respiraba en mi casa después de tanto tiempo se podía hasta tocar y me encantaba, respiraba gracias a ella. Esa tranquilidad mezclada con felicidad era algo que había dado por perdido, pero he visto que gracias a ciertas personas, la felicidad no desaparece, si no que se queda ahí esperando a que pase la tormenta, con toda la paciencia del mundo porque sabe, que después de algo malo, siempre termina  habiendo felicidad, por muy pequenña e insignificante que sea. Y la mía porfin había asmoado de su recoveco en el interior de mi alma, para mostrársela todos y gritar: EH QUE ESTOY AQUI.
Di un sorbo de la copa de vino, respiré hondo y escondí la cabeza debajo del agua. 
Acto después el sonido del teléfono me sacó de mis ensoñaciones con Elena y de mi tranquilidad y a pesar de que tenía el ceño fruncido, respondí con mi voz más alegre y gracias a Dios porque era Sophie. El corazón me dio un vuelco. Y si Elena no quería volver a verme? Y si me odiaba? Y si mi comportamiento extravagante la había asustado? Eran pensamientos demasiado negativos, precipitados y no tenían nada que ver con mi forma de pensar, tranquila y pausada. Esto se estaba saliendo un poco de su cauce. Pero, era lo que hacía el amor, aunque yo todavía no lo sabía con certeza, me estaba empezando a enamorar de Elena.

viernes, 11 de abril de 2014

2.

La cena transcurrió de forma monótona y bastante incómoda. Había demaisados silencios y Sophie era la única que intentaba romper el hielo dando temas de conversación que acababan llevando a niguna parte. Yo procuraba no apartar la vista de mis tallarines con gambas ya que la sola presencia de esa chica, Elena me había dicho Sophie, me incomodaba irritablemente, como si fuera alguien que se creyera superior a mi e intentara penetrarme con la mirada. Pero yo sabía que no era así. Ella solo intentaba ser amable, sin quitarme el ojo de encima. No os engañeis, no soy un hombre tímido, me encantaba hablar y si estaba agusto, hasta me apasionaba. También era gracioso, sobretodo con la gente de confianza, con Sophie podía ser la persona más irritante y pesada del universo.
Pero en aquella cena improvisada solo había tensión en el ambiente. De vez en cuando levantaba la vista del plato y le echaba miradas asesinas a Sophie que sonreía levemente y proseguía con su intento de hacer que esa cena fuese un poco más leve y amena de lo que en realidad era, porque todos, los tres presentes en el enorme comedor sabíamos que esa cena pesaba más que un barco pretolero y era imposible de llevarse.
No conocía a Elena de nada, era la primera vez que la veía, aunque parecía buena amiga de Sophie. Tenía una mirada cálida y penetrante, una sonrisa hermosa, un pelo espectacular y un gusto imepcable para vestir. Mucho mejor que el mío, que llevaba siempre la misma gabardina color barro y los mismos vaqueros todos los días que salía a pasear o a comprar, que aún así eran pocos.
Elena, cuando se reía, reía sin pretensiones, de manera estridente y dulce. Me encantaba y no se porqué. En el tema de mujeres, nunca había entrado del todo. Nunca había llevado una vida amorosa intensa, solo amistad. Desde el instituto no tengo una pareja estable, aunque no recuerdo ni el nombre de la chica con la que estuve dos cursos enteros, aunque lo dejamos por chorradas de adolescentes. Dos años perdidos a lo tonto. en la universidad, me centraba en estudiar y cuando la acabé, hace cinco años, mi vida como periodista me quitaba mucho, mucho tiempo. Y luego, ocurrió el estrellato de Siempre hay daños colaterales y las mujeres quedaron apartadas completamente, aunque miles de chicas y mujeres me seguían y acosaban por todas partes y por lo que se, ahora me echan de menos. Pero en cuanto comenzó la fama y se vendieron así como un millar de libros, empezaron a parecerme todas igual, por muy hermosas que fueran, todas para mi, eran iguales: fans locas y desquiciadas que solo querían una noche alocada de sexo salvaje con Lan Sopper, el escritor. Una vez, mientras Sophie y yo nos hallábamos tomando café y ella leía una revista de moda masculina,me mostró que salía en el puesto numero tres de hombres más sexis del mundo, después del aclamado Justin Timberlake. Nos pasamos toda la mañana  haciendo chistes sobre que parte de mi cuerpo era más sexi, si mi nariz aguileña o la barba pelirroja.
Cuando la cena estaba en su mayor apojeo, sobre las doce menos diez de la noche, yo ya había conseguido intercambiar alguna que otra frase con Elena y quince minutos después, los tres nos enfrascamos en una apasaionante conversación sobre cuáles eran las obras literarias más interesantes de la última década, nos comenzamos hasta a picar. En un momento determinado, cuando ya llevabamos todos un par de copas de más, a Sophie se la ocurrió comentar que mi obra había sido el bombazo de los últimos diez años. Yo me quedé un poco pálido ya que evitábamos con mucha frecuencia hablar del tema, pero como ya había confianza entre los tres, le pregunté a Elena si había leído el libro y, por muy extraño que parezca, Elena dijo que no la había leído. A mi me soprendió mucho, ya que no había conocido todavía a nadie en el plantea que no lo hubiera hecho. Ella me dijo que, aunque me veía con cara de ser un buen tipo, mi libro le parecía careciente de interés para una periodista de su calaña. Yo la sonreí socarronamente y le dije que aprendiera a no judzgar un libro por la portada y le diera una oprtunidad, ya que era "el mejor" (obviamente, no lo era pero, por lo que había entendido en estos años, para ligar era necesario partentar más y creerse algo que no eres para triunfar).
Ella se rió, con esa risa que tanto comenzaba a gustarme. Dijo que ya lo vería, que aún no lo tenía muy claro, pero que si se lo pedía yo...igual aceptaba.
Alrededor de la una y media de la madrugada, despedía Sophie y a Elena de mi casa y en cuante cerré la puerta tras de ellas, en seguida me comencé a sentir terriblemente solo. Era una sensación horripilante y a la vez frustrante. Había sido, una cena magnífica a pesar de haber empezado con mal pie. Dejé todos los restos en el comedor, no tenía ganas de recogerlo yo. Debía vovler a contratar a alguien que me ayudara, iba a preparar cenas de esas con más frecuencia a partir de ese momento. Subí a mi habitación, me quité el incómod traje y me metí en la cama. Había olvidado lo cómoda que era despúes de haber dormido tantos días en el sofá.
Caí rendido en pocos minutos y esa noche, Elena ocupó mis sueños por completo, su risa hizo que durmiera agusto, como no había dormido hacía muchos meses.





jueves, 10 de abril de 2014

1.


Llevaba tres días enteros. La mano me quemaba y mi mente no podía pensar en otra cosa que en escribir. Quería parar, pero no podía. Mis pensamientos y emociones se canalizaban en la pluma de tinta y esta escribía las palabras a tanta velocidad que me daba hasta vértigo.
Es lo que tiene ser escritor apasionado. Una vez que empiezas no puedes parar. Y eso era lo que me pasaba desde hacía tres días. No había levantado el culo del sillón tapizado de mi escritorio ni una sola vez. Creo recordar que tampoco me levanté ni siquiera para ir al baño. No dejé que nadie me molestara en esos tres días que había pasado escribiendo. Tampoco el agua ni la comida habían entrado en la habitación. "Cuando tienes algo grande, la comida y la bebida siempre son efectos colaterales" Ya lo dijo un peridoista del New York Times una vez que me llamaron para una entrevista, no recordaba ni su nombre, pero sus palabras se me quedaron guardadas en la mente con tinta de sangre.
El olor a cerrado, sudor y humanidad atestaban el ambiente, no había persona humana en la tierra que aguantara ahí más de cinco minutos salvo,claro está, el creador de tal hedor.
La muñeca estaba casi desencajada completamente y mis ojos, inyectados en sangre, ni pestañeban.
Hacía tres años que no escribía así. Tres años, desde que escribí el aclamado "Siempre hay efectos colaterales" vendido en todo el mundo y traducido a doce idomas. La fama llegó como un repentino soplido de del viento. Pasé de ser un corriente periodista de un periodico local de mi ciudad, al virtuoso " Lan Sopper" el célebre escritor. Miles de llamadas cada día, mensajes de todos los lugares, editoriales, compañías... todos querían vender mi libro y promocionarlo. Yo estaba tan abobado que no sabía que hacer hasta que conocí a Sophia Harper, esa jovencita de mofletes sonrosados y pelo rubio me salvó de acabar comido por las editoriales mas hambrientas y comerciales y me enseñó a organizarme y a vender el libro como era debido. Viajamos por todo el país ganando mucho, mucho dinero. Mi fama crecía y aumentaba y yo no podía entrar más en júbilo. Ese "proyecto" que fue Siempre hay efectos colaterales, se había convertido en uno de los Bestsellers más vendidos de toda la década. Personas importantes y célebres querían conocerme, miles, millones de personas hacían cola para comprar el libro. Yo no podía entender como un libro que habla sobre el otro lado de las cosas, el que no todo el mundo ve, se podía haber convertido en un básico en la vida cotidiana de la gente, algo que yo mismo había sacado de mi intimidad, mis propios pensamientos habían sido canalizados en ese libro de apenas 245 páginas. Un día tomando un café apresurado con Sophie y su gente, comentándola esto, ella me sonrió con sus mofletes hinchados y respondió, "Lan, a la gente simplemente le gustan las cosas nuevas algo, que no les haga pensar tanto en lo mierda que es su vida y pensar en que todo tiene un lado diferente les agrada. Ponte la chaqueta, llegamos tarde a la entrevista". Y con estas palabras dichas sin pensar, estuve toda la semana. Sophie tenía toda la razón. Si la gente pasaba por malos momentos, ¿Porqué no podía ayudarlos algo pensado para comprender las cosas mas allá de su fachada y sobretodo, que todos tiene otro lado, no malo ni bueno, si no, otro lado, otra forma de verlo todo?
Pasó todo el verano y mi libro seguía venidendose en todos los rincones del planeta. Llegó a a venderse tanto que, a finales de agosto, tuve que viajar con Sophie a Bogotá, donde me habían homenajeado con una escultura en su plaza. Yo estaba cohibido. Me hicieron una entrevista en la misma plaza, en sillas de plástico y con el viento en la cara.
Después de esta extraña visita todo se volvió monótono y un poco aburrido, ya no me interesaba tanto la fama y no tenía ganas de ir a entrevistas ni conferencias. En todas me preguntaban lo mismo. - ¿En qué te inspiraste para escribir el libro? -¿Escribirás más en un futuro? Etc. Aparte de las preguntas incómodas sobre la vida privada que no hacían más que irritarme más y más cada vez, y no es que yo sea una mala persona, si no, que estaba cansado de todo. Solo quería volver a casa, bueno que casi ni lo era. Porque Sophie había comprado un enorme apartamento en frente del State Building que solo había pisado dos veces. Pero poco a poco, empecé a salir menos, casi ni hacía entrevistas y los fans que se arremolinaban en la puerta del edificio, se iban cansando y acababan por irse. Sophie, que se había convertido en mi mejor amiga, me telefoneaba dos veces por día y me preguntaba si tenía planes, me venía a visitar y hasta en alguna que otra ocasión, me organizaba alguna conferencia. Los periodistas y los medios se preguntaban a todas horas que donde se había metido Lan Sopper el escritor. Yo le decía a Sophie que dejase de esforzarse, que no quería volver a ver a un periodista en lo que me quedaba de vida. Los dos nos reímos juntos y brindamos en las copas de cristal que había traido Sophie de nosequé sitio, he de decir que ese día, me supo a gloria.
Pasaron los meses y yo solo salía de casa de vez en cuando con una gabardina para dar cortos paseos y tomar el aire que según Sophie era lo que mejor me venía.
Me estaba replanteando mi vida. Siempre hay efectos colaterales iba a cumplir los once meses y no
tenía ni idea de lo que hacer con mi vida. Le había comentado a Sophie dejar de escribir, que con el dinero que había ganado con el libro ya no era necesario, ella me miró, por un momento, seria y tras varios segundos aguantándome la mirada, comenzó a desternillarse de la risa y a decir que era muy chistoso. Pero iba muy enserio. No quería decirle a Sophie que me daba miedo volver a la época de conferencias incesantes y periodistas acosadores.  Me levanté de aquel banco de Central Park y volví andando a casa, como de costumbre.
Pasaron tres meses más y se empezó a correr el rumor de que Lan Sopper estaba esciribiendo un nuevo libro y que iba a ser totalmente prodigioso, mucho mejor que el anterior. Rumor que era absolútamente falso. Pero, ¿Por qué no? No era yo la persona adecuada para decirles que no se creyeran sus propias mentiras.
Hasta Sophie se lo creyó, le expliqué que no. Que no se ilusionara, que estaba en modo "sabático" por una temporada larga. Sin embargo, ella comenzó apresionarme y a decirme que porqué no comenzaba algo nuevo, o incluso una continuacíon de Siempre hay efectos colaterales. Yo, por mucho que me insistiera no iba a comenzar a escribir algo hasta, posiblemente nunca. Dejar la vida del vageo era demasiado difícil. Me había acostumbrado a pasarme horas enteras frente a la caja electrónica mirando programas sin sentido de super modelos anorexicas hablando sobre lo que querían llegar a ser y nunca serían, porque de esas cincuenta concursantes, posiblemente ni una llegaría nunca a ser portada de Vogue. No nos engañemos, la fama no se busca, ella te busca a ti.
Estuve tres semanas enteras sin saber nada de Sophie,ni siquiera un mensaje. Me empezaba a preocupar, seguramente había encontrado otro escritor en potencia y se le habría llevado de conferencias y charlas por todo el globo. Por unos segundos me entró el pánico y las ganas de volver a escribir, pero se me pasaron enseguida al darme cuenta de que posiblemente, era lo mejor. Que se olvidara de mi, que estaba perdiendo el tiempo. Que era un caso imposible, "Lan Sopper, el escritor...fracasado"
Pero tres días después, justo la noche de la final de Next Super Model, me llamó, ilusionadísima por que mañana iba a venir a casa a cenar, que arreglara la casa, que abriera las ventanas, que me afeitase esa barba tan horrible que llevaba y que me levantara de el sillión de una santísima vez. Teniámos invtiada especial. Me dijo.
Me sorprendió un poco, pero me picaba la curiosidad. A esta casa solo habían entrado, Sophie, el repartidor de pizzas, algún periodista en "los buenos tiempos" y nadie más. Aunque era una casa bonita, y una cantidad exagerada de decoradores habían colaborado para "vestirla", nunca se la había enseñado a nadie y tampoco había traido a mucha gente a cenar ya que, no se cocinar y no tengo muchos amigos que se diga, aunque el comedor era como tres veces mi casa de la infancia. Todo decorado en tonos burdeos, rojo y marrón, con grandes muebles y electrodomésticos de acero inoxidable. Aunque fuese un poco aséptica, era mi casa y me gustaba, me hacía sentir el rey de mi propio castillo. Miré a mi alrededor. Yo lo veía limpio y a la señora que venía a limpiar y hacer la colada, le dije que se fuera hace poco de una semana porque estaba haciendo mucho ruido mientras mi programa se emitía, asique la tuve que volver a llamar. Subí arriba, a mi cuarto y la zona más personal de la casa. La camaba estaba intacta, las sábanas doradas totalmente lisas y los cojines de terciopelo, perfectamente colocados. Hacía más o menos cuatro noches que no dormía en la cama, me quedaba dormido siempe en el sofá con una bolsa de ganchitos con queso en el brazo, después de pasarme todo el día con los ojos sin despegarlos de la caja electrónica. Abrí el enorme vestidor repleto de trajes que, la mayoría solo me los había pesto una vez y que me parecían todos, por decirlo de alguna manera, de un muñeco, todos del mismo corte, todos con el mismo tipo de chaqueta, el pantalón plegado. Fruncí el ceño. "Este armario necesita un lavado de cara, lo que le hace falta es guardar un buen para de vaqueros Levis y un par de camisetas básicas y añadirle algo de vida" Pasé el cajón de corbatas de cuadros, el de corbatas de rayas y el de corbatas con estampados. Cogí una corbata lisa y entre todos los trajes, a cada cual más horrible, escogí uno que recuerdo levemente, uno que me había puesto en una conferencia con varios escritores más, que en un principio resutó ser divertida pero que se volvió como las demás a excepción de la gratificante cantidad de canapés que había en el buffet.
Me quité la bata negra que era mi compañera de batallas, me duché en el baño de mi habitación, aunque el baño que más me gustaba era en realidads, el del cuarto de invitados, porque era el más grande y el que mejor vistas tenía de toda la casa con diferencia, en ese baño había pasado los mejores momentos desde que me había "jubilado" temporalmente, los pensamientos más profundos y más estúpidos se me habían ocurrido mirando caer el agua de esa bañera de mármol tallado. Pero como no daba tiempo a un baño reflexivo de una hora y media, me duché rápidamente en mi cuarto y me calcé el traje de lino gris, que según Sophie, hacía resaltar mis ojos verdes, aunque yo simplemente lo veía como una prenda de vestir careciente de valor y de importancia, aunque lo incómodos que son, era algo que no podía olvidar aunque yo lo había hecho ya que llevaba muchos meses sin ponerme uno. Me afeité como bien me había pedido Sophie y encargué a un chino la cena. Ella no me había dicho nada de chinos, había dicho  "no pizza". Miré el enorme reloj de la pared y esperé pacientemente en la cocina, con un vaso de coñac, a que la comida llegara.
Solo faltaba media hora para que llegara Sophie con su invitado misterioso. Mientras, yo intentaba recordar como relacionarme con personas, a ver, no es que no me acordara, simplemente se me había pasado de largo ya que llevaba muchos meses sin ponerlo en práctica con alguien que no fuera Sophie o el encargado al otro lado de una línea telefónica. El tiempo pasó volando y cuando llamaron al timbre,  ya llevaba media botella. Me ajusté la crobata, carraspeé y comprobé que todo estaba listo, la mesa en el comedor, el recibidor limpio y tres copas de vino blanco preparadas. Abrí la puerta con manos temblorosas y al otro lado del humbral se encontraba Sophie con su carácteristica sonrisa y mofltes hinchados y una nueva sonrisa deslumbrante a la vez que apetecible. Una mujer morena, más alta que Sophie. Sus ojos miel me intimidaban, ¿Cuánto hacía que no veía a una mujer que no fuera Sophie?
Iba a ser uuna noche muy larga y yo ya tendría una charla seria con esa señorita que era llamada mi mejor amiga y me había montado, lo que parecía una cita sorpresa y no me hacía ninguna gracia.