Llevaba tres días enteros. La mano me quemaba y mi mente no podía pensar en otra cosa que en escribir. Quería
parar, pero no podía. Mis pensamientos y emociones se canalizaban en la pluma de tinta y esta escribía las palabras a tanta velocidad que me daba hasta vértigo.
Es lo que tiene ser escritor apasionado. Una vez que empiezas no puedes parar. Y eso era lo que me pasaba desde hacía tres días. No había levantado el culo del sillón tapizado de mi escritorio ni una sola vez. Creo recordar que tampoco me levanté ni siquiera para ir al baño. No dejé que nadie me molestara en esos tres días que había pasado escribiendo. Tampoco el agua ni la comida habían entrado en la habitación. "Cuando tienes algo grande, la comida y la bebida siempre son efectos colaterales" Ya lo dijo un peridoista del New York Times una vez que me llamaron para una entrevista, no recordaba ni su nombre, pero sus palabras se me quedaron guardadas en la mente con tinta de sangre.
El olor a cerrado, sudor y humanidad atestaban el ambiente, no había persona humana en la tierra que aguantara ahí más de cinco minutos salvo,claro está, el creador de tal hedor.
La muñeca estaba casi desencajada completamente y mis ojos, inyectados en sangre, ni pestañeban.
Hacía tres años que no escribía así. Tres años, desde que escribí el aclamado "
Siempre hay efectos colaterales" vendido en todo el mundo y traducido a doce idomas. La fama llegó como un repentino soplido de del viento. Pasé de ser un corriente periodista de un periodico local de mi ciudad, al virtuoso " Lan Sopper" el célebre escritor. Miles de llamadas cada día, mensajes de todos los lugares, editoriales, compañías... todos querían vender mi libro y promocionarlo. Yo estaba tan abobado que no sabía que hacer hasta que conocí a Sophia Harper, esa jovencita de mofletes sonrosados y pelo rubio me salvó de acabar comido por las editoriales mas hambrientas y comerciales y me enseñó a organizarme y a vender el libro como era debido. Viajamos por todo el país ganando mucho, mucho dinero. Mi fama crecía y aumentaba y yo no podía entrar más en júbilo. Ese "proyecto" que fue
Siempre hay efectos colaterales, se había convertido en uno de los Bestsellers más vendidos de toda la década. Personas
importantes y célebres querían
conocerme, miles, millones de personas hacían cola para comprar
el libro. Yo no podía entender como un libro que habla sobre el otro lado de las cosas, el que no todo el mundo ve, se podía haber convertido en un básico en la vida cotidiana de la gente, algo que yo mismo había sacado de mi intimidad, mis propios pensamientos habían sido canalizados en ese libro de apenas 245 páginas. Un día tomando un café apresurado con Sophie y su gente, comentándola esto, ella me sonrió con sus mofletes hinchados y respondió, "Lan, a la gente simplemente le gustan las cosas nuevas algo, que no les haga pensar tanto en lo mierda que es su vida y pensar en que todo tiene un lado diferente les agrada. Ponte la chaqueta, llegamos tarde a la entrevista". Y con estas palabras dichas sin pensar, estuve toda la semana. Sophie tenía toda la razón. Si la gente pasaba por malos momentos, ¿Porqué no podía ayudarlos algo pensado para comprender las cosas mas allá de su fachada y sobretodo, que todos tiene otro lado, no malo ni bueno, si no, otro lado, otra forma de verlo todo?
Pasó todo el verano y mi libro seguía venidendose en todos los rincones del planeta. Llegó a a venderse tanto que, a finales de agosto, tuve que viajar con Sophie a Bogotá, donde me habían homenajeado con una escultura en su plaza. Yo
estaba cohibido. Me hicieron una entrevista en la misma plaza, en sillas de plástico y con el viento en la cara.
Después de esta extraña visita todo se volvió monótono y un poco aburrido, ya no me interesaba tanto la fama y no tenía ganas de ir a entrevistas ni conferencias. En
todas me
preguntaban lo mismo. - ¿En qué te inspiraste para escribir el libro? -¿Escribirás más en un futuro? Etc. Aparte de las preguntas incómodas sobre la vida privada que no hacían más que irritarme más y más cada vez, y no es que yo sea una mala persona, si no, que estaba cansado de todo. Solo quería volver a
casa,
bueno que casi
ni lo era. Porque Sophie había comprado un enorme apartamento en frente del State Building que solo había pisado dos veces. Pero poco a poco, empecé a salir menos, casi ni hacía entrevistas y los fans que se arremolinaban en la puerta del edificio, se iban cansando y acababan por irse. Sophie, que se había convertido en mi mejor amiga, me telefoneaba dos veces por día y me preguntaba si tenía planes, me venía a visitar y hasta en alguna que otra ocasión, me organizaba alguna conferencia. Los periodistas y los medios se preguntaban a todas horas que donde se había metido Lan Sopper el escritor. Yo le decía a Sophie que dejase de esforzarse, que no quería volver a ver a un periodista en lo que me quedaba de vida. Los dos nos reímos juntos y brindamos en las copas de cristal que había traido Sophie de nosequé sitio, he de decir que ese día, me supo a gloria.
Pasaron los meses y yo solo salía de casa de vez en cuando con una gabardina para dar cortos paseos y tomar el aire que según Sophie era lo que mejor me venía.
Me
estaba replanteando mi vida.
Siempre hay efectos colaterales iba a cumplir los once meses y no
tenía ni idea de lo que hacer con mi vida. Le había comentado a Sophie dejar de escribir, que con el dinero que había ganado con el libro ya no era necesario, ella me miró, por un momento, seria y tras varios segundos aguantándome la mirada, comenzó a desternillarse de la risa y a decir que era muy chistoso. Pero iba muy enserio. No quería decirle a Sophie que me daba miedo volver a la época de conferencias incesantes y periodistas acosadores. Me levanté
de aquel banco
de Central Park y volví
andando a
casa, como de costumbre.
Pasaron tres meses más y se empezó a correr el rumor de que Lan Sopper estaba esciribiendo un nuevo libro y que iba a ser totalmente prodigioso, mucho mejor que el anterior. Rumor
que era absolútamente
falso.
Pero, ¿Por qué no? No era yo la persona adecuada para decirles que no se creyeran sus propias mentiras.
Hasta Sophie se lo creyó, le expliqué que no. Que no se ilusionara, que estaba en modo "sabático" por una temporada larga. Sin embargo, ella comenzó apresionarme y a decirme que porqué no comenzaba algo nuevo, o incluso una continuacíon de
Siempre hay efectos colaterales. Yo, por mucho que me insistiera no iba a comenzar a escribir algo hasta, posiblemente nunca. Dejar la vida del vageo era demasiado difícil. Me había acostumbrado a pasarme horas enteras frente a la caja electrónica mirando programas sin sentido de super modelos anorexicas hablando sobre lo que querían llegar a ser y nunca serían, porque de esas cincuenta concursantes, posiblemente ni una llegaría nunca a ser portada de Vogue. No nos engañemos, la fama no se busca, ella te busca a ti.
Estuve tres semanas enteras sin saber nada de Sophie,ni siquiera un mensaje. Me empezaba a preocupar, seguramente había encontrado otro escritor en potencia y se le habría llevado de conferencias y charlas por todo el globo. Por unos segundos me entró el pánico y las ganas de volver a escribir, pero se me pasaron enseguida al darme cuenta de que posiblemente, era lo mejor. Que se olvidara de mi, que estaba perdiendo el tiempo. Que era un caso imposible, "Lan Sopper, el escritor...fracasado"
Pero tres días después, justo la noche de la final de Next Super Model, me llamó, ilusionadísima por que mañana iba a venir a casa a cenar, que arreglara la casa, que abriera las ventanas, que me afeitase esa barba tan horrible que llevaba y que me levantara de el sillión de una santísima vez. Teniámos
invtiada especial. Me
dijo.
Me sorprendió
un poco, pero me picaba la curiosidad. A esta casa solo habían entrado, Sophie, el repartidor de pizzas, algún periodista en "los buenos tiempos" y nadie más. Aunque era una casa bonita, y una cantidad exagerada de decoradores habían colaborado para "vestirla", nunca se la había enseñado a nadie y tampoco había traido a mucha gente a cenar ya que, no se cocinar y no tengo muchos amigos que se diga, aunque el comedor era como tres veces mi casa de la infancia. Todo decorado en tonos burdeos, rojo y marrón, con grandes muebles y electrodomésticos de acero inoxidable. Aunque fuese un poco aséptica, era mi casa y me gustaba, me hacía sentir el rey de mi propio castillo. Miré a mi alrededor. Yo lo veía limpio y a la señora que venía a limpiar y hacer la colada, le dije que se fuera hace poco de una semana porque estaba haciendo mucho ruido mientras mi programa se emitía, asique la tuve que volver a llamar. Subí arriba, a mi cuarto y la zona más personal de la casa. La camaba estaba intacta, las sábanas doradas totalmente lisas y los cojines de terciopelo, perfectamente colocados. Hacía más o menos cuatro noches que no dormía en la cama, me quedaba dormido siempe en el sofá con una bolsa de ganchitos con queso en el brazo, después de pasarme todo el día con los ojos sin despegarlos de la caja electrónica. Abrí el enorme vestidor repleto de trajes que, la mayoría solo me los había pesto una vez y que me parecían todos, por decirlo de alguna manera, de un muñeco, todos del mismo corte, todos con el mismo tipo de chaqueta, el pantalón plegado. Fruncí el ceño. "Este armario necesita un lavado de cara, lo que le hace falta es guardar un buen para de vaqueros Levis y un par de camisetas básicas y añadirle algo de vida" Pasé el cajón de corbatas de cuadros, el de corbatas de rayas y el de corbatas con estampados. Cogí una corbata lisa y entre todos los trajes, a cada cual más horrible, escogí uno que recuerdo levemente, uno que me había puesto en una conferencia con varios escritores más, que en un principio resutó ser divertida pero que se volvió como las demás a excepción de la gratificante cantidad de canapés que había en el buffet.
Me quité la bata negra que era mi compañera de batallas, me duché en el baño de mi habitación, aunque el baño que más me gustaba era en realidads, el del cuarto de invitados, porque era el más grande y el que mejor vistas tenía de toda la casa con diferencia, en ese baño había pasado los mejores momentos desde que me había "jubilado" temporalmente, los pensamientos más profundos y más estúpidos se me habían ocurrido mirando caer el agua de esa bañera de mármol tallado. Pero como no daba tiempo a un baño reflexivo de una hora y media, me duché rápidamente en mi cuarto y me calcé el traje de lino gris, que según Sophie, hacía resaltar mis ojos verdes, aunque yo simplemente lo veía como una prenda de vestir careciente de valor y de importancia, aunque lo incómodos que son, era algo que no podía olvidar aunque yo lo había hecho ya que llevaba muchos meses sin ponerme uno. Me afeité
como bien me había
pedido Sophie y encargué a
un chino la
cena. Ella no me había
dicho nada
de chinos, había
dicho "no pizza". Miré el enorme reloj de la pared y esperé pacientemente en la cocina, con un vaso de coñac, a que la comida llegara.
Solo faltaba media hora para que llegara Sophie con su invitado misterioso. Mientras, yo intentaba recordar como relacionarme con personas, a ver, no es que no me acordara, simplemente se me había pasado de largo ya que llevaba muchos meses sin ponerlo en práctica con alguien que no fuera Sophie o el encargado al otro lado de una línea telefónica. El tiempo pasó volando y cuando llamaron al timbre, ya llevaba media botella. Me ajusté la crobata, carraspeé y comprobé que todo estaba listo, la mesa en el comedor, el recibidor limpio y tres copas de vino blanco preparadas. Abrí la puerta con manos temblorosas y al otro lado del humbral se encontraba Sophie con su carácteristica sonrisa y mofltes hinchados y una nueva sonrisa deslumbrante a la vez que apetecible. Una mujer morena, más alta que Sophie. Sus ojos miel me intimidaban, ¿Cuánto hacía que no veía a una mujer que no fuera Sophie?
Iba a ser uuna noche muy larga y yo ya tendría una charla seria con esa señorita que era llamada mi mejor amiga y me había montado, lo que parecía una cita sorpresa y no me hacía ninguna gracia.