La melodía de "When a Man Loves a Woman" Comenzó a sonar en mi móvil. Me sobresaltó, pero yo ya sabía quién era. Esbocé una sonrisa y me sequé las manos con una toalla, carraspeé y le di a la tecla de "descolgar". La voz chillona y y aguda de Sophie me estuvo comentando que ella y Elena habían quedado en una cafetería el centro, que si quería ir porque a Elena le había resultado agradable. Yo, la verdad, me lo pensé dos veces porque hacía mucho tiempo que no entraba en un sitio público por placer. Al final, dije un si dudoso ya que, aunque por mucho que quisiera ver a Elena aún quedaban signos de aquel pasado que intentaba olvidar.
Me despidí de Sophie que, con mucho cariño, me espetó que no la cagara en mi primera cita de verdad.
Cuando empezó a comunicar me reí a carcajada limpia, no podía evitar sentirme coibido ya que Sophie tenía parte de razón y aunque no lo quería aceptar era cierto, era la primera cita de verdedad que había tenido nunca como persona adulta. La risa desapareció para dejar entrar a los nervios. Aunque también era divertido, no dejaba de intimidarme la sensación de incomodidad que me porducía enccontrarme frente a la chica más hermosa e intelectual que había conocido. Todo iba a resultar realmente extraño.
Practiqué frente al espejo varias frases de cortejo que, visto de cualquier ángulo habría resultado realmente ridículo. - "Venga ya, Lan. Eres un escritor mundialmente conocido, saca tu carisma y encanto a relucir de una ved, maldita sea"-
Iba a ser la hora de queda y yo estaba terminando de colocarme la corbata con manos temblorosas. ¿Que pensaría ella de mi? Solo nos habíamos visto una vez. ¿ Y si en realidad no le resultaba interesante para nada? No se había leído mi libro... ¿Eso signifcaba que le parecía aburrido y arrogante?
-"Lan, piensa en positivo. Eres una actractivo escritor según los medios, creetelo de una vez"-
Suspiré, me estiré bien la camisa y salí con decisión hacia la cafetería del centro que me había indicado Sophie. Bajé de mi edificio, saludé al portero y busqué un taxi libre. Mientras tanto, miré el reloj. Las diez menos cuarto. Habíamos quedado a menos cinquenta y tres. Sonreí. A Sophie le encantaba quedar a horas desiguales y cuando hacíamos etrevistas sacaba de quicio a los medios. Eso era una de las cosas que más me gustaba de las entrevistas. Y de Sophie.
Quedaban cinco minutos para la hora punta y el taxi estaba a diez. Sophie me había comentado alguna vez que llegar con un ligero retraso era consecuencia de gente ordenada y carismática que cuida mucho sus modales. Después de que dijera eso, los dos nos reímos a carcajada limpia. Después se puso seria y me amenazó: " Lan , como llegues tarde a alguna conferencia y o entrevista acabas muerto y prometo hacerlo con mis propias manos"
Asique le pedí al txista que acelerara.
Me sudaban las manos y mi rodilla, ligeramente nerviosa no paraba de subir y bajar.
Porfin, el taxi paró, y me dejó a las puertas de una cafetería veneciana del siglo dieciocho. Sus puertas de madera de roble y los escaparates, a ambos lados de la puerta, dejaban ver a través de sus cristales relucientes, delicosas magdalenas y múltiples pasteles, recubiertos por todos los tipos de chocolates. Nada más empujar una de las puertas, después de que la campanita que colgaba de una de ellas sonara, el aroma a café inundó mis pulmones y el calor de la estancia me arropó como si estviera en mi casa, no la de ahora, si no la de antes.
Del amplio y alto techo, colgaban varias lámparas de araña, recubiertas de luminosas bombillas que parecian tintinear al son del jazz tranquilo que sonaba desde los altavoces ocultos. En el local había gente pero no demasiada, el rudio suficiente para que solo se escucharan los cubiertos al rebotar sobre las vajillas de varios colores oscuros.
Mi mirada recorrió mesa por mesa la estancia, hasta dar con los ojos claros de Sophie. Una media melena caoba me daba la esplada. Elena. El corazón se me aceleraba a medida que me dirigía a la mesa. Saludé con una sonrisa nerviosa a Sophie y dos besos nerviosos a Elena.
Su americana nefra resaltaba sobre su básica blanca bien combinada con unos vaqueros DKNY, que hacían resaltar cada una de sus curvas. Si no fuera porque sabía que es periodista, no sería dificil confundirla con una top model del momento.
La mañana se pasó rápido, con mi capuccino a medio terminar y una sonrisa bellísima de Elena, salimos del local para pasear tranquilamente por las ajetreadas calles de la Gran Manzana. Sophie no paraba de contestar al teléfono, asi que Elena y yo no tuvimos más remedio que comenzar una torpe conversación que ganó forma a medida que cruzábamos pasos de cebra.
Las risas de ella eran como música de piano para mis oídos e intentaba continuamente que lo que yo hablara le pareciese interesante. Me hizo varias preguntas acerca de mi vida personal y no dejaba de responderla que era aburrida y simplona. Y ella me aseguraba que con la cantidad descomunal de dinero adquirido a lo largo de mis buenos tiempos algo tendría que haber hecho, y lo triste es, que no había hecho nada más que ocultarme en mi salón, con ganchitos y realitis shows sobre modelos. Me encogía de hombros y la preguntaba yo a ella. Me quedé impresionado sobre la cantidad de esfuerzo que había realizado hasta conseguir llegar a trabajar como periodista en el New York Times. ME sentía realmente estúpido por que ella lo había conseguido a base de trabajo duro y esfuerzo, mientras wue lo mío había llegado de la nada. Y, me habría gustado haber podido hacer algo como ella. Haberlo conseguido con esfuerzo, no como algo livano, que tal como llega se va. Una de las cosas sobre mi desaparición repentina. Ella me consolaba diciendo que si mi libro habría triunfado tanto, no era solo por un mero golpe de suerte si no, algo más, algo que tenía dentro.
Me encantaba su forma de pensar, siempre tan realista, sin fantasear, simplemente, alcanzando lo que tenía a su alcance, con muchos planes, con ganas. Todo lo contrario a mi.
El paseo, acabó en Central Park, donde Sophie decidió dejar de contestar al telefóno y hacernos caso, aunque tampoco es que necesitasemos ya su respaldo. Ella propuso y más que eso, decidió que todos teníamos habre y fuimos a una sandwichería a comer algo.
El sol brillaba, la brisa corría, nadie me acosaba, estaba con ellas y me sentí libre por una vez en mucho tiempo.
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