viernes, 11 de abril de 2014

2.

La cena transcurrió de forma monótona y bastante incómoda. Había demaisados silencios y Sophie era la única que intentaba romper el hielo dando temas de conversación que acababan llevando a niguna parte. Yo procuraba no apartar la vista de mis tallarines con gambas ya que la sola presencia de esa chica, Elena me había dicho Sophie, me incomodaba irritablemente, como si fuera alguien que se creyera superior a mi e intentara penetrarme con la mirada. Pero yo sabía que no era así. Ella solo intentaba ser amable, sin quitarme el ojo de encima. No os engañeis, no soy un hombre tímido, me encantaba hablar y si estaba agusto, hasta me apasionaba. También era gracioso, sobretodo con la gente de confianza, con Sophie podía ser la persona más irritante y pesada del universo.
Pero en aquella cena improvisada solo había tensión en el ambiente. De vez en cuando levantaba la vista del plato y le echaba miradas asesinas a Sophie que sonreía levemente y proseguía con su intento de hacer que esa cena fuese un poco más leve y amena de lo que en realidad era, porque todos, los tres presentes en el enorme comedor sabíamos que esa cena pesaba más que un barco pretolero y era imposible de llevarse.
No conocía a Elena de nada, era la primera vez que la veía, aunque parecía buena amiga de Sophie. Tenía una mirada cálida y penetrante, una sonrisa hermosa, un pelo espectacular y un gusto imepcable para vestir. Mucho mejor que el mío, que llevaba siempre la misma gabardina color barro y los mismos vaqueros todos los días que salía a pasear o a comprar, que aún así eran pocos.
Elena, cuando se reía, reía sin pretensiones, de manera estridente y dulce. Me encantaba y no se porqué. En el tema de mujeres, nunca había entrado del todo. Nunca había llevado una vida amorosa intensa, solo amistad. Desde el instituto no tengo una pareja estable, aunque no recuerdo ni el nombre de la chica con la que estuve dos cursos enteros, aunque lo dejamos por chorradas de adolescentes. Dos años perdidos a lo tonto. en la universidad, me centraba en estudiar y cuando la acabé, hace cinco años, mi vida como periodista me quitaba mucho, mucho tiempo. Y luego, ocurrió el estrellato de Siempre hay daños colaterales y las mujeres quedaron apartadas completamente, aunque miles de chicas y mujeres me seguían y acosaban por todas partes y por lo que se, ahora me echan de menos. Pero en cuanto comenzó la fama y se vendieron así como un millar de libros, empezaron a parecerme todas igual, por muy hermosas que fueran, todas para mi, eran iguales: fans locas y desquiciadas que solo querían una noche alocada de sexo salvaje con Lan Sopper, el escritor. Una vez, mientras Sophie y yo nos hallábamos tomando café y ella leía una revista de moda masculina,me mostró que salía en el puesto numero tres de hombres más sexis del mundo, después del aclamado Justin Timberlake. Nos pasamos toda la mañana  haciendo chistes sobre que parte de mi cuerpo era más sexi, si mi nariz aguileña o la barba pelirroja.
Cuando la cena estaba en su mayor apojeo, sobre las doce menos diez de la noche, yo ya había conseguido intercambiar alguna que otra frase con Elena y quince minutos después, los tres nos enfrascamos en una apasaionante conversación sobre cuáles eran las obras literarias más interesantes de la última década, nos comenzamos hasta a picar. En un momento determinado, cuando ya llevabamos todos un par de copas de más, a Sophie se la ocurrió comentar que mi obra había sido el bombazo de los últimos diez años. Yo me quedé un poco pálido ya que evitábamos con mucha frecuencia hablar del tema, pero como ya había confianza entre los tres, le pregunté a Elena si había leído el libro y, por muy extraño que parezca, Elena dijo que no la había leído. A mi me soprendió mucho, ya que no había conocido todavía a nadie en el plantea que no lo hubiera hecho. Ella me dijo que, aunque me veía con cara de ser un buen tipo, mi libro le parecía careciente de interés para una periodista de su calaña. Yo la sonreí socarronamente y le dije que aprendiera a no judzgar un libro por la portada y le diera una oprtunidad, ya que era "el mejor" (obviamente, no lo era pero, por lo que había entendido en estos años, para ligar era necesario partentar más y creerse algo que no eres para triunfar).
Ella se rió, con esa risa que tanto comenzaba a gustarme. Dijo que ya lo vería, que aún no lo tenía muy claro, pero que si se lo pedía yo...igual aceptaba.
Alrededor de la una y media de la madrugada, despedía Sophie y a Elena de mi casa y en cuante cerré la puerta tras de ellas, en seguida me comencé a sentir terriblemente solo. Era una sensación horripilante y a la vez frustrante. Había sido, una cena magnífica a pesar de haber empezado con mal pie. Dejé todos los restos en el comedor, no tenía ganas de recogerlo yo. Debía vovler a contratar a alguien que me ayudara, iba a preparar cenas de esas con más frecuencia a partir de ese momento. Subí a mi habitación, me quité el incómod traje y me metí en la cama. Había olvidado lo cómoda que era despúes de haber dormido tantos días en el sofá.
Caí rendido en pocos minutos y esa noche, Elena ocupó mis sueños por completo, su risa hizo que durmiera agusto, como no había dormido hacía muchos meses.





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